La Mujer Ideal

Era irónico que un halago hubiera atentado de manera tan letal contra su autoestima.

Su belleza era exuberante. A diario se esmeraba por mantener brillante su larga y negra cabellera. Tenía un rostro que hacia pensar en ángeles, mientras su cuerpo despertaba todos los demonios de la carne entre los hombres que la miraban.

“Si tu alma es tan hermosa como tú, no tengo duda de que eres la mujer ideal” le dijo aquel hombre. Citadina, sin pronunciar una sola sílaba, respondió con un gesto despectivo que alimentó con la arrogancia de su mirada.

Pero 20 años habían pasado, dejando en ella igual número de kilos extra. Su deficiente astucia financiera le había impedido mantener los más básicos rituales de belleza femeninos. Ahora raíces blancas de cinco centímetros se asomaban como una salpicadura de vejez en su cabeza, la escases de maquillaje en su cartera se revelaba en las mal disimuladas manchas de sol que invadían su cara, y a duras penas podía costearse una muda nueva cada 24 de diciembre.

Y fue exactamente un 31 de noviembre cuando se cruzó de nuevo con aquel hombre, quien sorprendido después de reconocerla solo tuvo una frase para ella: “Finalmente te convertiste en la mujer ideal”.

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Encuentros

Aunque odiaban la idea de volverse a ver, se habían resignado a que la vida los obligara a coincidir en sitios cargados de romance

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Orgasmos por Demanda

A pesar de sus casi siete décadas, la veterana disfrutaba el sexo tanto como una adolescente en plena explosión hormonal, pero con la ventaja de tener la experiencia suficiente para ser tan multiorgasmica como le daba la gana.

Llevaba dos años pagando por sexo el día que su glotonería la convenció de pagar una fuerte suma por un joven cuya bien dotada humanidad era una lujuriosa promesa de placer. Pero la ansiedad del inexperto adolescente solo logró doce decepcionantes segundos que terminaron en un lastimoso gesto de vergüenza en la cara del muchacho y un amenazante gesto de ira en la de Citadina.

Desde entonces, decidió contratar solo a aquellos que se consideraran suficientemente buenos como para aceptar el reto de cobrar exclusivamente por el número de orgasmos que ella alcanzara.

Así, para evitar acabar con los ahorros de su vida  y en contravía de todas las mujeres del mundo, se hizo experta en fingir la inexistencia de cada uno de sus orgasmos.

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Cuenta de Cobro

Llevaba días en la fila, las ventanillas de liquidación estaban congestionadas a causa de una catástrofe natural. Había visto como cada persona se retiraba de la ventanilla con un pequeño recibo que indicaba cuánto debía pagar.

Algunos se retiraban sorprendidos, otros resignados y muchos otros reclamaban por lo que consideraban una cuenta de cobro injusta, sin embargo en 5 días de hacer fila, Citadino no había visto el primer reclamante que lograra una rebaja: el funcionario en la ventanilla siempre lograba demostrar que la cifra en el recibo era más baja que la realmente merecida.

Ahora era su turno; expectante, nervioso y un poco preocupado, Citadino se acercó a la ventanilla. En un par de minutos sabría cuántas eternidades tendría que pagar en el purgatorio.

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250 Orgasmos

Con un agitado gemido; sudorosos y consumidos por el placer, llegaron a su orgasmo número 250.

Tras el instante de éxtasis, Citadina tuvo una revelación:  después de 5 años de matrimonio el sexo se había convertido en un acto monótono que no iba más allá de satisfacer necesidades biológicas. Calculó que hacia aproximadamente tres años y 100 orgasmos que su cuerpo no hacía el amor.

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La Rutina de la Amante

La Rutina de la Amante

La Rutina de la Amante

Su primer intento por conseguir una amante había fracasado. Después de dos horas de escuchar a una interesante mujer perder su atractivo con insistentes comentarios con los que ella misma trataba de convencerse de ser una mujer diferente a todas las mortales; la noche terminó inesperadamente en un torpe conato de beso producto de un avance mal calculado.

La decisión de buscar amante era producto de la rutina. La rutina de ir de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, la rutina de almorzar siempre a la misma hora y en el mismo lugar, la rutina de hacerle el amor siempre a la misma mujer, pero sobre todo, la rutina de pensar a diario, desde el momento en que se casó, en lo divertido que sería tener una amante.

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Streptease

StreapteaseEl hilo dental blanco dejaba al descubierto las nalgas color canela perfectamente redondas y firmes de Ana María. El meneo de sus caderas al ritmo de la música acentuaba la perfección de su cintura y la atención de su cliente.

Sentada en la barra acercó sus 34B a menos de cinco centímetros de la cara de Citadino. Luego se deshizo del diminuto sostén que escasamente le cubría los pezones y liberó sus jóvenes y firmes tetas, ofreciéndolas con sus manos a su atento, pero apático observador.

Diez minutos después y un par de prendas menos, Ana María dio por terminado el show y Citadino se dijo a sí mismo con resignación… “comprobado, soy gay”.

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